Constelación: Serpens.
Magnitud aparente: +5,6.
Tamaño aparente: 23,0 min de arco.
Distancia: 24.500 años luz.
Mejores meses para su observación: de abril a agosto.
Todas las noches las estrellas y los planetas pasan sobre nuestras cabezas, pero cada uno les atribuye distinta importancia. Este blog está dirigido a aquellos que se interesan por el universo, especialmente si son principantes. Con un lenguaje sencillo intentaré abarcar todos los temas, destacar objetos interesantes, dónde encontrarlos, cómo observarlos... Cada noche despejada pone un universo infinito a nuestro alcance. La aventura de conocerlo mejor puede comenzar hoy mismo.
Fácil de encontrar con binoculares, justo a mitad de distancia entre alfa Boo (Arcturo) y alfa Canum Venaticorum (Cor Caroli). Puede buscarse por coordenadas celestes 34m al W y 9º al N de Arcturo.
M3 es un cúmulo extremadamente rico. Sandage individualizó, en paciente análisis, 49.500 componentes: pero éste no es en absoluto el número total como equivocadamente enuncian algunos manuales. La masa, calculada también por Sandage, equivale a 245.000 masas solares, y como la magnitud absoluta, de -8,65, equivale "sólo" a la de 160.000 soles, se deduce que la masa media de las estrellas que componen el cúmulo no alcanza a 0,7 masas solares: en otras palabras que el número de esas estrellas es del orden de las 450.000. M3 no sólo es uno de los cúmulos globulares más brillantes, sino sobre todo uno de los más poblados. Del diagrama color-luminosidad, estudiado por Arp y Braun, dedice N.J. Wolf una edad de 10.000 millones de años.

Si empezamos nuestra campaña no lejos de la época en que comienza el año, no sería mal detalle arrancar de M1, un objeto fácil de encontrar y de observar. De aquí, si la estación lo permite, es preferible retroceder en ascensión recta para visitar a M45 (las Pléyades), M34, M76 y M103, procediendo, como casi siempre conviene, de Sur a Norte.
Cuando Messier había enviado a la imprenta la segunda parte del Catálogo, a fines de 1781 sufrió un desgraciado accidente, fruto, como tantos sucesos de su vida, de su carácter distraído. Paseando por el Parque Monceau de París, observó lo que le pareció una gruta, y resultó ser un pozo de hielo, de los que entonces se empleaban para conservar el agua helada durante todo el año. Cayó desde una altura de 10 metros, se fracturó varios huesos de los brazos y las piernas, así como algunas costillas, y cuando al fin fue recogido con ayuda de escalas y cuerdas, estaba medio congelado. Tardó varios meses en poder andar, y quedó desde entonces un tanto tullido. Ya no volvió a ser el mismo, aunque siguió observando, entre otras cosas un eclipse y una aurora boreal, y hasta hizo un viaje a España, con motivo de una triangulación que se trazó de Dunkerque a Barcelona, con el fin de obtener un valor más exacto del grado del meridiano terrestre.
En septiembre de 1760, cuando observaba la zona de Acuario -por donde había pasado el Halley- encontró otro cometa, éste de cabellera perfectamente redonda, que en noches sucesivas demostró seguir el mismo comportamiento -o falta de comportamiento- que el de dos años antes en Tauro: no se movía. Otra maldita nebulosa.Es curioso. Messier inició la elaboración de su Catálogo en mayo de 1764, movido por su odio a las inoportunas "nebulosas", para evitar que nadie cayera en la trampa, y pudiera esquivarlas cuidadosamente; sin embargo, y como era un cazador nato, puso tal entusiasmo en la búsqueda de tales objetos, que acabó encariñándose con su nueva tarea. Primero anotó sólo "nebulosas que observadas al telescopio tenían aspecto de cometas"; luego, "nebulosas y cúmulos de estrellas, que pudieran, observadas con pequeños instrumentos, confundirse con cometas"; y por último, "cúmulos de estrellas que a simple vista pudieran ser tomados como cometas". El parecido con cometas acaba resultando casi un pretexto. Según Alan Mac Robert, Messier acabó incluyendo en su Catálogo a las Pléyades, porque cuando están próximas al horizonte pueden confundirse con un cuerpo difuso; pero el pretexto puede parecer ya un poco forzado. Sea lo que fuere, Messier se lanzó a la búsqueda de objetos difusos en el cielo, se parecieran o no a cometas.
Sin ser consciente de ello siquiera, dio un paso de gigante en la historia de la Astronomía. Hasta entonces, todo se reducía a Astronomía de posición: planetas, cometas, zodíaco, trayectorias, eclipses, efemérides, calendario, ajustes, anomalías. Desde aquel momento, la Astronomía consistía en la búsqueda y observación sistemática de objetos celestes fijos, su descripción y análisis. Inadvertidamente, había dado el primer paso en un nuevo campo de asombroso porvenir: la Astrofísica. El segundo paso lo dio poco despues William Herschel.
Sin embargo, en enero de 1759, Messier, que ya había decidido prescindir de la órbita deducida por Delisle y barría sistemáticamente zonas contiguas del cielo, encontró por fin el cometa: fue por tanto su codescubridor independiente. Pero Delisle, gotoso y atrabilario, molesto quizá por su humillación, le prohibió terminantemente que diera a conocer la noticia, para poder determinar cuanto antes su trayectoria y dar a conocer sus efemérides; pero no pudo lograr su propósito, porque el cometa se acercaba rápidamente al perihelio, y dejó pronto de ser observable. Entretanto, llegó la noticia del hallazgo de Palizsch, y tanto Delisle como Messier -por culpa del primero- perdieron su gloria. Incluso muchos no dieron fe al codescubrimiento de Messier. La manía de su viejo maestro llegó al punto de obligarle a guardar secreto sobre el hallazgo de dos cometas más, que Messier realizó en meses sucesivos.
Charles Messier nació en 1730 en Badouville, Lorena, hijo de una familia bien, pero que no tenía grandes medios económicos. Se quedó huérfano en 1751 y se fue a Paris a buscar fortuna. Como su mayor habilidad era el dibujo, buscó una forma de poder demostrar sus habilidades. Finalmente, por casualidad, fue contratado por el astrónomo real, Joseph Nicolas Delisle. La prueba que se le puso consistió en copiar un mapa de la Gran Muralla China, tarea que Messier realizó a la perfección. No es extraña la relación de la Astronomía con el dibujo, ya que por aquella época los mapas celestes debían ser trazados a mano (para luego copiarlos en planchas y grabarlos en la imprenta). Eran necesarias una gran precisión, una limpieza absoluta y facilidad para el trazado de toda clase de representaciones sobre un plano de proyecciones de líneas celestes: no sólo de coordenadas astronómicas, sino de trayectorias de cuerpos erráticos, como planetas y principalmente cometas.
El astrónomo francés Charles Messier creó a finales del siglo XVIII un catálogo con más de cien objetos que aún hoy siguen siendo el corazón de las observaciones de aficionado. Messier ubicó algunos de los mejores cúmulos, nebulosas y galaxias del cielo. La galaxia de Andrómeda, por ejemplo, se conoce como M 31.