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jueves, 27 de agosto de 2015

M5 = NGC 5904

Cúmulo globular.
Constelación: Serpens.
Magnitud aparente: +5,6.
Tamaño aparente: 23,0 min de arco.
Distancia: 24.500 años luz.
Mejores meses para su observación: de abril a agosto.


El primero en ver M5 fue Gottfried Kirch y su esposa Maria Margarethe mientras observaban un cometa el 5 de mayo de 1702, describiéndolo como una “estrella nebulosa”.

El 23 de mayo de 1764 Charles Messier encontró este cúmulo y lo describió como una nebulosa redonda “sin estrellas”. William Herschel fue el primero en resolver este cúmulo, ya que con su reflector de 120 cm contó hasta 200 estrellas en 1791, “aunque la mitad del cúmulo está tan comprimido que es imposible distinguir más”.

M5 puede localizarse fácilmente buscando la estrella 5 Serpentis, ya que este precioso cúmulo globular está a 20’ al NO de esa estrella. Los mejores meses para su observación en el hemisferio norte son de abril a agosto.

Puede vislumbrarse a simple vista con muy buenas condiciones de visibilidad. Con unos buenos binoculares puede verse fácilmente como una pequeña mancha neblinosa. Utilizando un telescopio de 7,5 cm se define como una nube redondeada con un centro brillante y a partir de telescopios de 10 cm se pueden distinguir sus estrellas más brillantes de magnitud 12,2.

Su edad estimada es de unos 13.000 millones de años, por lo que se cree que es uno de los cúmulos globulares más viejos conocidos. Su dimensión es de 130 años luz.

jueves, 20 de agosto de 2015

M4 = NGC 6121

Cúmulo globular.
Constelación: Scorpius.
Magnitud aparente: +5,6.
Tamaño aparente: 36,0 min de arco.
Distancia: 7.200 años luz.
Mejores meses para su observación: de junio a agosto.

En la constelación de Scorpius, este cúmulo globular es fácil de encontrar con binoculares aunque se distingue de forma difusa, ya que es un globular poco compacto y abierto. Parece del mismo tamaño que la Luna en el cielo. Es uno de los cúmulos globulares más fáciles de encontrar, estando localizado sólo a 1,3 grados al oeste de la brillante estrella Antares, por lo cual, ambos objetos son visibles en el mismo campo del ocular. Puede llegar a detectarse a simple vista bajo cielos muy oscuros, pero es bien visible con binoculares y telescopios pequeños. Para resolver las estrellas más brillantes son necesarios telescopios de 120 cm en adelante. Posee una estructura central barrada de magnitud 11, descubierta por William Herschel en 1783. Debe ser uno de los cúmulos globulares más cercanos a nuestro Sistema Solar. Se aleja de nosotros a 70,4 km/seg, lo que equivale a 253.440 km/h. Se cree que M4 puede tener unos 13.000 millones de años.

M4 fue descubierto en 1746 por Philippe Loys De Chéseaux. Charles Messier lo catalogó el día 8 de mayo de 1764 y lo calificó como un "cúmulo de muy pequeñas estrellas". Fue el primer cúmulo globular en el que se resolvieron estrellas individuales.


El primer púlsar de milisegundo fue descubierto en 1987 en M4. Es una estrella de neutrones que gira una vez cada 3 milisegundos, lo que equivale a decir que gira más de 300 veces por segundo. 
En agosto del año 1995, el Telescopio Espacial Hubble envió fotografías de enanas blancas que están entre las más viejas de la Vía Láctea en el cúmulo M4. En el mes de julio de 2003 se identificó un planeta orbitando una de esas enanas blancas, formando un sistema triple con un púlsar. El planeta tiene una masa dos veces y media la de Júpiter.

En este cúmulo se han observado al menos 74 estrellas variables, la mayoría del tipo RR Lyrae.

domingo, 3 de febrero de 2008

M3 = NGC 5272

Cúmulo globular.
Constelación: Canes Venatici.
Magnitud aparente: +6,2.
Tamaño aparente: 18,0 min de arco.
Distancia: 33.900 años luz.
Mejores meses para su observación: de febrero a agosto.
Fácil de encontrar con binoculares, justo a mitad de distancia entre alfa Boo (Arcturo) y alfa Canum Venaticorum (Cor Caroli). Puede buscarse por coordenadas celestes 34m al W y 9º al N de Arcturo.

La calificación que el almirante Smyth hizo de M3 como "uno de los objetos más nobles del cielo" es plenamente merecida. Todos los cúmulos globulares ofrecen, por alguna causa, una sensación de potencia y majestad; pero M3 supera a la mayoría de ellos: por su magnitud visual, ocupa el segundo puesto en el hemisferio N, apenas menos brillante que M13. Y por otra parte, es perfectamente circular, de brillo muy equilibrado, que va descendiendo del centro a los bordes, y de color dorado (espectro F7) muy característico. El campo es relativamente rico para la zona del cielo en que se encuentra, e incluye una estrella anaranjada de la 6,3 magnitud (SAO 82944), otras tres de 7,5, 8ª y 9ª, y un buen número a partir de la 10ª. El efecto es sumamente sugestivo. Hay ocasiones en que las estrellas de campo estorban el objeto en cuestión, otras en que aumentan la impresión visual del conjunto. Los observadores coinciden en que el caso de M3 se encuentra en este segundo apartado.


Si observamos más atentamente, descubriremos un núcleo casi uniforme de cerca de 3' de diámetro; a partir de aquí, el brillo comienza a descender hasta la periferia o corona, que se pierde poco a poco en el fondo del cielo, como ya observa Messier. La zona más exterior o halo sólo se advierte claramente con gran abertura. Un refractor de 10 cm alcanza a ver un diámetro de 7 a 8', que llegan a 11 ó 12 con reflector de 20 cm. En el primer caso percibimos un aspecto granuloso o, como suele decirse, de "bola de nieve". Con 12 cm, se individualizan estrellas en la zona periférica, y con 20 cm se resuelve parcial, pero satisfactoriamente en todo su conjunto. Hay un centenar de estrellas de la 13 magnitud, casi mil de la 14, y así sucesivamente hasta llegar a unas 300.000 entre la 21 y la 22.


Con abertura de 30 cm o más, se divisan muy claramente las "patas de araña", que alcanzan un ámbito de 17', que es el que los catálogos atribuyen al cúmulo. Por cierto que la mayoría de estas patas de araña, contra lo que sucede en otros globulares, tienden a doblarse en la misma dirección: esta circunstancia provocó fuertes polémicas en el siglo XIX pues Lord Rosse anunció "una estructura similar a las nebulosas en espiral"; pero las "nebulosas en espiral" se estimaban entonces como nubes gaseosas, mientras que M3 se resolvía claramente en estrellas. ¿Sería un sistema estelar naciente? La incógnita no quedó despejada hasta que en el siglo XX se identificó la naturaleza de las galaxias.
M3 es un cúmulo extremadamente rico. Sandage individualizó, en paciente análisis, 49.500 componentes: pero éste no es en absoluto el número total como equivocadamente enuncian algunos manuales. La masa, calculada también por Sandage, equivale a 245.000 masas solares, y como la magnitud absoluta, de -8,65, equivale "sólo" a la de 160.000 soles, se deduce que la masa media de las estrellas que componen el cúmulo no alcanza a 0,7 masas solares: en otras palabras que el número de esas estrellas es del orden de las 450.000. M3 no sólo es uno de los cúmulos globulares más brillantes, sino sobre todo uno de los más poblados. Del diagrama color-luminosidad, estudiado por Arp y Braun, dedice N.J. Wolf una edad de 10.000 millones de años.

También es M3 uno de los globulares más ricos en estrellas variables. Se conocen más de 500, de las que la mayoría son RR Lyr. Valiéndose de la relación período-luminosidad, W. Lohmann ha calculado una distancia de 9,9 parsecs, o sea unos 31.000 años luz. A esa distancia, el Sol no pasaría de la 20 magnitud. Pero el número hace la fuerza, y a pesar de la enorme distancia, la presencia conjunta de casi medio millón de estrellas hace de M3 uno de los más soberbios espectáculos telescópicos del cielo.

jueves, 31 de enero de 2008

M2 = NGC 7089

Cúmulo globular.
Constelación: Aquarius.
Magnitud aparente: +6,5.
Tamaño aparente: 16,0 min de arco
Distancia: 38.000 años luz.
Mejores meses para su observación: de junio a octubre.

Puede localizarse en la zona occidental de Acuario, con binoculares o un buen mapa del cielo, en zona pobre. Por coordenadas, son seguras estrellas de referencia delta Peg. (moverse 11 m O y 10º 40' S), o beta Aqr., al SO del conocido asterismo del "Jarro" (moverse sólo 2m E y 5º 15' N).



Por sí solo, M2 destaca sobre el fonde del cielo sin necesidad de mucha búsqueda; es un magnífico objeto, sin rival en varios grados a la redonda. Asequible a todos los instrumentos, admite un aumento de tipo medio. En ningún caso llegaremos a los 13' de diámetro que muestran las fotografías obtenidas por grandes telescopios. Por otra parte, el diámetro aparente de M2 varía mucho en función de la abertura que empleemos, puesto que, como todos los globulares de espectro "temprano" posee un fuerte grandiante luminoso, con un centro muy brillante, una periferia cada vez más difuusa y un extenso halo que puede confundirse con el fondo del cielo. Los aficionados suelen preferir cúmulos globulares de escaso gradiente, por su mejor definición; pero los de bordes difusos, como éste, se prestan a más interesantes estudios de distribución estelar, que ofrece en ocasiones muy notables irregularidades.


El citado gradiente queda bien de manifiesto en el estudio de líneas isofotas realizado por W. Lohmann: el minuto cuadrado que encuadra el centro de figura proporciona el 37% de la luminosidad total, mientras que si nos alejamos de ese centro, la luminosidad por minuto cuadrado es sólo en 0,02%. Por ese motivo, con una abertura de 10 cm es difícil pasar de un diámetro aparente de 6'.


Otra cosa ocurre con abertura de 20 cm, y mejor todavía si pasa de los 30. No es que el cuerpo del cúmulo crezca exageradamente: puede alcanzar, y no más, unos 9' de diámetro, pero se hacen visibles las estrellas del halo, que son, por circunstancias no del todo conocidas (pero que se dan más en los cúmulos de espectro F que en lo más típicos de espectro G), las más luminosas de todo el conjunto: de la 12 y 13 magnitud, mientras que las del cuerpo central oscilan entre la 15 y la 18. No supongamos por eso que M2 parece un cúmulo circundado por esas estrellas brillantes, sino que -puesto que el halo es esférico-, se muestra inmerso en ellas. En otras palabras, las estrellas más brillantes que podemos distinguir sobre el cuerpo son un efecto de proyección, y pertenecen en todo caso al halo.

Así, con buena abertura, M2 puede ofrecer un aspecto muy curioso, que ya Herschel advirtió al anotar "una bella nebulosa rodeada por estrellas que parecen finísimos granos de arena". Por cierto que una de esas estrellas es una de las pocas variables RV Tauri detectadas en un cúmulo globular: ésta, descubierta por A. Chévremont oscila entre las magnitudes 12,5 y 14, en un período medio de 67,09 días. En el máximo es justamente la estrella más brillante del conjunto, hasta el punto de que, en apunte de J. Hogg, "modifica sustancialmente el aspecto del cúmulo".
No pensemos que las estrellas débiles del cuerpo central son poco luminosas; como que nuestro Sol, trasladado a M2, aparecería de magnitud 21,5. Se trata por tanto, de un cúmulo muy potente y muy luminoso, que desafía orgullosamente una distancia mayor que la que nos separa del centro de la Galaxia.
Digamos por último que M2, como la mayoría de los "cúmulos blancos", presenta algunas notables irregularidades en su estructura; una de ellas, apreciable ya con abertura de 10 cm, es una especie de banda oscura que corta el borde NE, como una línea de llamativa discontinuidad. No se trata de un efecto óptico, puesto que aparece también en fotografías, sobre todo de no muy larga exposición. No debemos pensar en la presencia de alguna nube oscurecedora, sino en la un principio de desgajamiento, inducido tal vez en tiempos lejanos, por la acción gravitatoria de otro cuerpo masivo. Hoy M2 se encuentra más cerca del polo sur que del ecuador galáctico; pero hace 200 millones de años (y no por única vez) debió cruzar ese ecuador. Entonces pudo haberse producido cualquier accidente.

miércoles, 30 de enero de 2008

M1 = NGC 1952

Remanente de supernova.
Constelación: Tauro.
Magnitud aparente: +8,4
Tamaño aparente: 6x4 min de arco
Distancia: 6.300 años luz.
Mejores meses para su observación: de noviembre a marzo.

Muy fácil de encontrar a grado y medio al NW de Zeta Tauri. Aparece enseguida en el buscador. No es buen objeto para binoculares.

La observación telescópica de M1 no es espectacular, pero sí muy sugestiva, aunque no sea más que por la naturaleza de estos objetos y porque no deja de ofrecer una especial belleza. Messier la compara con "la luz de una bujía", y fue justamente ese aspecto el que le hizo confundir aquella nebulosa con la cabellera de un cometa: sin este detalle, probablemente nunca se hubiera decidido a emprender la composición de su catálogo. El almirante Smyth la compara a su vez con una perla. M1 es, efectivamente, un objeto oval, muy bien definido, cuyo brillo crece solo muy ligeramente hacia el centro; y ya es sabido que esta circunstancia facilita su observación, incluso con telescopios muy modestos. La buena resolución permite poner más aumentos, utilizando oculares de tipo medio. Con refractor de 10 cm presenta un aspecto perlado, delicado; su perfil de huso deja adivinar un rudimento de "cola" que se dobla por el SE en dirección a una estrella vecina de la 10ª magnitud. Vista con detalle, presenta algunas irregularidades, que le proporcionan un cierto aspecto granuloso, ya advertido por Dreyer.
Es curioso que el primer objeto catalogado por Messier sea de una naturaleza distinta que los demás: una nebulosa remanente de supernova, aunque este extremo solamente pudo ser constatado en el siglo XX. Durante un tiempo, se la estimó simplemente como una nebulosa típica de gases. A principios del siglo XIX, John Herschel creyó resolverla en finísimas estrellas; pronto se comprobó su error. Más tarde, se la catalogó entre las nebulosas planetarias, hasta que la medida de su fabulosa velocidad de expansión (¡más de un millón de kilómetros por día!, medida por Lampland y Duncan) hizo comprender su verdadera naturaleza. 

Retrocediendo en el tiempo, sería un punto alrededor del año 1000. Ello permite identificarla con casi absoluta seguridad con la "estrella invitada" descubierta por los chinos en julio de 1054: más brillante que Venus y visible en pleno día. Aún así, es preciso notar que no constituyó un espectáculo sobrecogedor, porque su máximo brillo coincidió casi con su conjunción con el Sol; seguramente por esta causa no hay mención de ella en las crónicas medievales de Occidente. Pudo alcanzar una magnitud visual entre -5 y -6, no igualada desde entonces por ninguna estrella. Hoy no pasa de la 16, y por tanto no es asequible más que a reflectores de 40 cm o más. Como emisora de radio se la conoce por 3C144; como fuente de rayos X es Taurus X-19 y como púlsar, PSR 0531+21.

La visión se hace mucho más espectacular cuando se observa con un reflector de 20 cm. Ahora se comprende mejor el nombre de "Crab Nebula" o Nebulosa del Cangrejo que le asignó Lord Rosse, y por el que todavía es reconocida. Efectivamente, su forma alargada, con un extremo más romo y otro formando una cola, y diversas "garras" retorcidas que salen por los costados, nos recuerda inmediatamente un cangrejo de río. De todas formas, para ver distintamente esta compleja estructura hacen falta aberturas del orden de los 30 a los 40 cm. Con sólo 20 se distinguen trazos transversales y algunas prolongaciones de éstos fuera del cuerpo -propiamente dicho- de la nebulosa. Curiosamente, la fotografía sobreexpone estos detalles, y no permite ver tan claramente la figura del "cangrejo". La "Crab" es uno de esos pocos objetos en que la impresión visual con gran abertura es superior a la fotográfica.

El campo es rico en estrellas -lo que refuerza la magnífica impresión de conjunto-, aunque una mirada atenta descubrirá que la densidad disminuye alrededor de la nebulosa, probablemente por efecto de materia oscurecedora. La más brillante de las estrellas que caben en campo (30' al E) es la bellísima doble: S422, de magnitudes 7,1 y 7,7, a 3''6, en posición E-W, amarilla y anaranjada. No dejemos de ver nebulosa y doble consecutivamente: vale la pena.

martes, 29 de enero de 2008

Orden de observación de los objetos Messier

La tarea de cumplir en su totalidad el rito de recorrer uno a uno todos los objetos Messier requiere generalmente un año, ya que la lista de 110 objetos cubre todas las ascensiones rectas del firmamento. Las menos pobladas son las correspondientes al otoño, por dos razones claras; primera, que la zona del cielo observable en esta estación es la menos abundante en objetos nebulares al alcance de pequeños telescopios, como los de Messier; y segunda, que el propio Messier, por motivos que desconocemos, realizó pocas búsquedas en los meses de otoño. Lógicamente, si el observador está dispuesto a levantarse a horas de la madrugada, puede realizar la campaña en menos de seis meses.

El "rito" más meticuloso consistiría en observar los objetos Messier por orden riguroso de entrada. Pero sería en alto grado irracional. El mismo Messier comprendió el desorden de su Catálogo, y prometió varias veces colocar los objetos -y por ende el número de entrada- por orden de ascensión recta creciente. Aún no sabemos por qué no lo hizo. Sería absurdo, por ejemplo, dejar M110 para el final, si acabamos de observar M31 y M32, que se encuentran prácticamente en el mismo campo: tardaríamos casi un año en terminar nuestra campaña-

En la descripción que sigue, enumeramos obviamente los "Messier" por orden de entrada, del 1 al 110. El aficionado sabrá muy bien qué época del año o a qué hora observar cada uno en las mejores o más cómodas condicones. De todas formas, y sin tratar de inmiscuirnos en absoluto en su iniciativa, podemos proporcionarle unas cuantas indicaciones prácticas respecto del orden a seguir. No hace falta decir que todo depende de la fecha en la cual comencemos nuestro grato peregrinaje Messier. Este orden aconsejable atiende fundamentalmente al de las ascensiones rectas; pero también al de las declinaciones, pues conviene observar objetos de la titudes bajas cerca de su paso por el meridiano, en tanto que para las latitudes altas muchos observadores, especialmente los menos experimentados o poco aficionados al prisma, encuentran dificultades para apuntar al cenit: en ese caso, lo que conviene eludir es precisamente el paso del objeto por el meridiano.

Un último criterio, aunque no siempre resulta posible seguirlo, es el de la variedad. Después de observar una docena de galaxias, resulta gratificante toparnos con un cúmulo abierto; después de cuatro o cinco globulares seguidos -por ejemplo en la zona de Ofiuco- agradecemos una nebulosa de emisión, y así sucesivamente.

El catálogo Messier contiene 40 galaxias, 29 cúmulos globulares, 27 cúmulos abiertos, seis nebulosas de emisión o reflexión, cuatro planetarias, un asterismo, una estrella doble, una zona de alta condensación galáctica y un remanente de supernova. El observador que desee un shuffle lo más grato posible, puede elaborar el programa que desee. El orden que va a continuación puede resultar de los más lógicos.
Si empezamos nuestra campaña no lejos de la época en que comienza el año, no sería mal detalle arrancar de M1, un objeto fácil de encontrar y de observar. De aquí, si la estación lo permite, es preferible retroceder en ascensión recta para visitar a M45 (las Pléyades), M34, M76 y M103, procediendo, como casi siempre conviene, de Sur a Norte.

Vamos con el cielo de invierno. Un programa de cúmulos de amplio tiempo de visibilidad abarca, además de M45, M38, M36, M37, M35, M44 (el Pesebre) y M67. Luego pasamos, en el corazón del invierno boreal, a observar primero las nebulosas de Orión -M42, 43 y 78-, luego el cúmulo globurlar de la Liebre, M79; y a continuación M41, al sur de Sirio, nos abre camino a la amplia serie de objetos de Puppis y Monoceros, que debemos apresurarnos a estudiar durante su paso por cerca del meridiano, especialmente los más australes. Puede seguirse este orden: M93, 46, 47, 50 y 48.

Los objetos de la Osa Mayor y Los Lebreles pueden observarse gran parte del año. Es preferible escoger la primavera o el otoño (quizá mejor el otoño, por la mayor escasez de objetos Messier). En todo caso conviene seguir un orden semejante a éste: M81-82, M97, M108, M109, M40 (el más prescindible de todos, pero no lo despreciaremos), M106, M94, M63, M51, M102, M101. Nada nos impide alargarnos un poco a M3 (¡mejor en primavera!), para variar de objeto.

La campaña de galaxias del cúmulo Virgo-Coma debe hacerse de un tirón, en varias o muchas noches limpias y sin Luna de primavera, sin otra evasiva posible que el ya citado M3, y otro globular, M58. En Leo puede seguirse el orden M95-96, M105 y M65-66. En Virgo, la constelación que asombró a Messier por la enorme cantidad de "nebulosas", apretujadas en un estrecho espacio de cielo, es normal seguir un orden de ascensiones rectas, con pequeños saltos a Norte y Sur, para hacer más cómodo el desplazamiento. Por ejemplo, M98-99, 100, 85, 84-86, 87, 88, 91, 89-90, 58 y 59-60. Una forma gratificante es terminar con M64 y M104, en el orden que aconsejen las circunstancias. Sin olvidarse de la excursión a M68 (un globular), que puede practicarse en una noche en que el cielo esté limpio cerca del horizonte sur. Nada mejor para terminar la campaña de primavera que aproximarse a M53, ya cerca del Boyero.

El primer objeto del verano es M5, un globular en Serpens Caput. Si queremos, antes de pasar a sus congéneres de Ofiuco, podemos acudir a los de Hércules, M13 y M92, antes de que alcancen excesiva altura sobre el horizonte. No tenemos más remedio que seguir viendo cúmulos globulares en Ofiuco: M107, M9, M12, M10, M14, y luego, es hora de pasar a los de Escorpio: M80 y M4.

Hénos aquí ya entrando en la zona central de la cinta galáctica, con multitud de objetos cuyo orden puede ser el siguiente: M62, 19, 6, 7, 20, 21, 28, 22, 69, 54, 70, 55, 75, 17, 18, 16, 26 y 11. Pueden cambiarse, por supuesto, de acuerdo con el capricho propio o condiciones de la noche.

Una campaña muy flexible, centrada en el corazón de verano, pero con un margen muy amplio de fecha de elección, es el de la zona Lira-Cisne, con M57, M56, M27, M71, M29 y M39.

Para comenzar el otoño, nada mejor que M2, en Acuario; para continuar con M72, M73 (otro objeto prescindible), M30 y M15. Podemos pasar, antes de que alcance su máxima altura, a Casiopea, con M52 y M103, a Perseo con M34 y M76, y bajar a la zona de galaxias de polo sur galáctico: M74 y M77, para concluir gozosamente en las maravillas del Triángulo-Andrómeda: M33, M31-32 y M110. Con ello habremos empezado de una forma simbólica por M1 y terminado en M110 sin incurrir en ninguna arbitrariedad. Todo, por supuesto, salvo mejor criterio del observador, o de las circunstancias. Al fin y al cabo, es uno mismo quien, por mil razones, debe llevar la iniciativa. A este efecto, puede ser útil la ordenación del Catálogo Messier por ascensiones rectas.

Sea lo que fuere, conviene trazarse un programa flexible. Nunca un recorrido a tontas y a locas, sino de acuerdo con un orden racional y con los más cortos saltos posibles. Sin ese programa, es difícil alcanzar el gusto, realmente gratísimo para cualquier aficionado a la Astronomía, de recorrer por los distintos rincones del cielo, uno a uno, todos los objetos del Catálogo Messier.

lunes, 28 de enero de 2008

La elaboración del Catálogo Messier

Cuando en 1774 apareció en el Anuario de la Academia Francesa el primer Catálogo de Messier, el género estaba muy poco desarrollado. Existía un catálogo de 5 objetos celestes hecho por Halley, otro algo más amplio debido a W. Derham, y las Memorias de objetos australes -no exactamente un catálogo-, publicadas por Lacaille después de su viaje a África del Aur en 1750-51. Tampoco puede calificarse de catálogo el Prodomus Astronomía de Hevelius, comentario -por otra parte muy interesante- de observaciones realizadas en gran parte a simple vista. Messier tuvo casi que inventar la forma de hacer un catálogo de objetos celestes, y de aquí sus muchas limitaciones, entre ellas el hecho de que las entradas siguen el orden del descubrimiento, en vez del de ascensiones rectas crecientes, origen del curiosísimo y casi simpático caos de la distribución de los objetos Messier por el firmamento, que tanto suele chocar a los aficionados que empiezan sus actividades observacionales.

A esta inevitable limitación hay que sumar también su objeto. "Cuando el cometa de 1758 estaba entre los cuernos del Toro -escribió en el anuario Conaissance des Temps- descubrí por encima del más meridional y a poca distancia de la Zeta del Toro una luz blanquecina, extendida en forma de llama de una vela, que no contenía estrellas. Esta luz era parecida a la del cometa que había observado antes..., sin cola ni barba". Tal vez si M1 no hubiera recordado la forma de un cometa poco desarrollado, Messier nunca hubiera decidido componer su Catálogo. Y así lo dejó en claro más tarde, al justificar la totalidad de su obra: "La causa de que me pusiera a elaborar el Catálogo fue la nebulosa que descubrí sobre el cuerno sur de Tauro...". Entendamos: fue la causa, no la clave del impulso inicial, puesto que la elaboración del Catálogo no comenzó hasta seis años más tarde, tras el hallazgo de otros objetos similares.

La secuencia de la elaboración del Catálogo Messier es en líneas generales la siguiente:

No fue hasta haber encontrado el tercer objeto nebuloso, en mayo de 1764, cuando Messier decidió poner manos a la obra. Puede que el proyecto viniera de antes, y la "inspiración" data, qué duda cabe, del chasco recibido con M1; pero nada, ni una sola nota o apunte se conserva como reacción ante el hallazgo de M1 y M2. En el caso de M3 la reacción fue inmediata. Si este objeto fue registrado el 3 de mayo, el día 8 ya estaba Messier trabajando por su cuenta en la nueva empresa, cuando encontró M4. El 23 de mayo, pasada la Luna Llena, encontró cuatro objetos más en una sola noche (M5 - M8). Y las búsquedas siguieron casi sin interrupción, sin apenas otros huecos que las temporadas de mal tiempo o de Luna Llena: tanto es así, que resulta relativamente fácil conocer de forma muy aproximada las fases de la Luna en 1764, con sólo consultar las fechas de las entradas del Catálogo Messier. La campaña fue extraordinariamente fructífera. Hubo noches, tales como el 23 de mayo, el 3 y 5 de junio, en que descubrió nada menos que cuatro objetos nuevecitos, algo que ya quisiera que fuese posible cualquier observador de hoy. Messier barría zonas del cielo, dejando pasar estrellas por el campo de su telescopio, y cuando no obtenía resultados escogía otra declinación u otra zona prometedora. Durante la primavera y verano de 1764 se le vio especialmente interesado en la zona galáctica de Ofiuco, Escorpio y Sagitario, donde suponía -razonablemente- que eran más probables los hallazgos.
Durante el verano fue explorando cada vez más al este, aprovechando las noches tibias para quedarse hasta última hora: así el 3 de junio llegó a M15, en Pegaso, y entre el 27 de julio y 30 de agosto hizo un verdadero "tour de force", eludiendo siempre la Luna y trasnochando cada vez más hasta llegar de M28 (Sagitario) a M29 (Cisne), M30 (Capricornio), M31-32 (Andrómeda), M33 (Triángulo), M34 (Perseo), y ya muy de madrugada, M35 (Géminis)... Y a principios de septiembre, M36-37-38 (Auriga). Como si tuviese prisa por hacer un recorrido completo del cielo.
En octubre, ya con más calma, vuelve a observar a primeras horas de la noche, y tras llegar a M40 se detiene. ¿Creía haber descubierto ya lo fundamental de su obra, u otra actividad le detuvo? En enero de 1765 encontró fortuitamente M41 en el Can Mayor, y lo registró, pero no siguió buscando. Sólo cuatro años más tarde, cuando supo que iban a publicarle el Catálogo, pensó incluir, tal vez para evitar el impar M41, la conocida nebulosa de Orión. No contaba con la huéspeda, y la huéspeda fue en este caso la nebulosa aneja M43, que volvía a culminar el Catálogo con un número "feo". De aquí que Messier decidiera añadir como colofón dos objetos conocidos desde la antigüedad y difícilmente confundibles con un cometa como el Pesebre (M44) y las Pléyades (M45).
Justo por entonces fue elegido Messier miembro de la Academia, y tuvo oportunidad de publicar su Catálogo en el Anuario, sin contar el ofrecimiento del calendario de efemérides Connaissance des Temps.
Algún motivo debió incitarle a componer la segunda parte, aunque la realizó con mucha menos prisa que la primera. El 19 de febrero de 1771 pasó la noche buscando, y encontró cuatro objetos, dos en Pupis (M46 y M47), otro en la Hidra (M48) y otro en Virgo (M49), la primera galaxia lejana que vio en su vida. Si hubiera seguido buscando por aquella zona, hubiera encontrado un verdadero coto de caza. Pero de pronto abandonó por entonces la empresa; tal vez por haber reanudado con actividad su búsqueda de cometas (casi todos los objetos que siguen están relacionados con trayectorias de cometas descubiertos o seguidos por él) o tal vez por saber que el Anuario de la Academia estaba repleto de orinales, y por el momento no podía publicar su Catálogo. De hecho tuvo que esperar a 1774.
Pocos descubrimientos hizo en los años siguientes, hasta que en 1779 dio muestras de nueva actividad, cuyos frutos vio publicados en el Anuario de la Academia de 1780, con un suplemento al Catálogo que llegaba hasta M68. Y desde entonces no interrumpió ya nunca del todo sus búsquedas, hasta que en la primavera de 1781 alcanzó el número 100. Fue justamente este año el que registra el mayor número de hallazgos desde 1764: concretamente 22, y ahora ya con la inapreciable ayuda de Méchain. Todo parece indicar que Messier trabajaba a rachas, según su inspiración, el tiempo disponible o la perspectiva de la próxima publicación de un apéndice a su Catálogo.
La idea de Messier era terminar en la entrada 100 -siempre con su gusto, muy propio de un ilustrado, por los números redondos-, pero entretanto su compañero Méchain encontró otros tres, y los publicó como suplemento en le edición completa del Catálogo, que apareció en Connaissance des Temps de 1884. El Catálogo volvió a publicarse tal cual, sin adenda ni corrección, en 1787, con sus 103 objetos, a pesar de que Messier o al menos Méchain había visto por lo menos unos cuantos más, y sin proceder a la nada difícil ordenación por ascensiones rectas que Messier se había propuesto.
¿Qué fue lo que impidió todo nuevo retoque? ¿La especie de abulia de la que ya comenzaba a dar muestras un Messier viejo y medio tullido? ¿El temor a que la gloria pasara a su discípulo Méchain, que ya por entonces observaba más y emjor que él? (descubrió diez cometas). ¿El deseo de reunir un número significativamente mayor de objetos, que justificara una edición distinta? Podemos encontrar una última explicación. En 1801 escribía en Connaissance des Temps: "Después de mí, el celebrado Herschel publicó un catálogo de 2.000 objetos celestes que él había observado. Este magnífico desvelamiento del cielo, realizado con instrumentos de gran abertura, no es útil, sin embargo, a la búsqueda de cometas. Mi objetivo era diferente del suyo, como que yo sólo contabilizaba nebulosas visibles con un telescopio de dos pies". Messier hace de la necesidad virtud y justifica la modestia de su Catálogo arguyendo que está destinado solamente a los buscadores de cometas. Reconoce su limitación y al mismo tiempo la gran ventaja de su modestísimo Catálogo: todos los objetos Messier son espectaculares para cualquier instrumento de observación, por modesto que sea; y más espectaculares, aún, no hace falta decirlo, para grandes instrumentos. Una red de gruesa malla no recoge más que peces gordos; y tales son los objetos Messier.
Una mayor continuidad le hubiera permitidio descubrir varios cientos de objetos celestes que nadie había visto en su tiempo. En 1764, ese catálogo hubiera significado el sensacional "desvelamiento del cielo" que el propio Messier atribuía a Herschel. Pero ya a la altura de 1800 carecía de sentido tratar de imitar a Herschel con los mediocres y modestísimos telescopios que estaban a su disposición. Una docena o dos de objetos añadidos no le hubieran librado ya del ridículo. La era de Messier había pasado con la llegada del siglo XIX. Aquí sí que su parsimonia había de dejar anticuada su labor antes de haberla agotado.

domingo, 27 de enero de 2008

La vida de Charles Messier IV

Pero no nos engañemos. Messier era por vocación un cazador de cometas, y era tal misión lo que podía darle por entonces renombre y fama. Se dedicó empeñadamente a la búsqueda de nebulosas durante los meses centrales de 1764. Luego, la continuación de su catálogo se retrasó una y otra vez, pospuesta por la búsqueda y seguimiento de astros con cola, que se mostraron muy pródigos en sus apariciones durante los años sucesivos. La mejor época de Messier fue justamente la que transcurre entre 1764 y 1779, durante la cual descubrió 12 cometas, mientras que su máximo rival, Montagne de Limoges, encontraba sólo uno... aprovechando la coyuntura de una grave enfermedad de la esposa de Messier. En total, éste llegó a descubrir 21, una cantidad hasta entonces jamás igualada por ningún astrónomo de la historia, aportando además datos muy importantes sobre otros 50.

Sin embargo, hubo un honor que nuestro amigo tardó en alcanzar, aunque lo persiguió con ahínco: el ingreso en la Academia Real de Ciencias de París, la meca de los sabios en aquellos tiempos. Desde 1763 fue presentada varias veces su candidatura, pero siempre apareció en la famosa bolsa de los votos alguna bola negra. No sabemos cuál fue el motivo de tal reticencia, si la envidia de otros astrónomos menos afortunados, la mala disposición de Delisle, la falta de una auténtica carrera científica, o el modesto origen de Messier. Éste cambió de táctica: comenzó a comunicar sus descubrimientos, y a enviar artículos y mapas a la Royal Society de Londres, a la Academia de Berlín y a la Academia Imperial de San Petersburgo, prestigiosas instituciones que se apresuraron a nombrarle Socio de Honor. En vista de lo cual, los franceses comprendieron al fin que no podía ser menos, y lo admitieron en la Academia en 1770.

Una vez conseguido su sueño, la actividad académica de Messier fue frenética: participó en todas las discusiones científicas, envió comunicaciones y publicó multitud de trabajos y magníficos mapas en el Boletín anual, incluyendo las dos partes de su célebre Catálogo. Se convirtió en el astrónomo más célebre de Francia, y Luis XV le concedió humorísticamente el título de "el hurón de los cometas".

Por 1780 aparece su colaborador Pierre François André Méchain, también astrónomo de la Marina, y éste sí dotado de una sólida formación científica. Si hubo celos entre los dos hombres, no tenemos testimonio alguno de ello. Lo cierto es que mientras Messier envejecía, Méchain se aficionaba más y más a la búsqueda de objetos nebulares, para completar el Catálogo. Siempre ofreció sus descubrimientos a Messier, y éste nunca dejó de citar a su amigo cuando le había anticipado el hallazgo. El hecho es que a partir de M71 hay en el Catálogo más objetos descubiertos por Méchain que por Messier, aunque éste los "controló" siempre antes de incluirlos en sus entradas.
Cuando Messier había enviado a la imprenta la segunda parte del Catálogo, a fines de 1781 sufrió un desgraciado accidente, fruto, como tantos sucesos de su vida, de su carácter distraído. Paseando por el Parque Monceau de París, observó lo que le pareció una gruta, y resultó ser un pozo de hielo, de los que entonces se empleaban para conservar el agua helada durante todo el año. Cayó desde una altura de 10 metros, se fracturó varios huesos de los brazos y las piernas, así como algunas costillas, y cuando al fin fue recogido con ayuda de escalas y cuerdas, estaba medio congelado. Tardó varios meses en poder andar, y quedó desde entonces un tanto tullido. Ya no volvió a ser el mismo, aunque siguió observando, entre otras cosas un eclipse y una aurora boreal, y hasta hizo un viaje a España, con motivo de una triangulación que se trazó de Dunkerque a Barcelona, con el fin de obtener un valor más exacto del grado del meridiano terrestre.

Proyectaba publicar un nuevo Catálogo, completado con los últimos datos y ordenado por ascensiones rectas, pero la inflación propia de fines de los años 80 se lo impidió. Luego, la Revolución de 1789 fue para Messier una desgracia. Cerró la Academia, perdió sus instalaciones del Hotel Cluny, se suprimió el Observatorio de Marina y Messier se vio expulsado y sin sueldo. Hubo de huir de Paris en 1793, el año del terror. No parece que hubiera en ello razones de índole estrictamente ideológica, pero los revolucionarios nada querían saber de quien había sido hasta entonces astrónomo real.
Se le fue rehabilitando poco a poco, y más tarde Napoleón le nombró Caballero de la Legión de Honor. Eso sí, siguió sin dinero, y su salud flaqueaba. Cuando en 1802 le visitó Herschel, gran admirador suyo, el viejo Messier se quejó de que ni le reponían los cristales rotos de su observatorio, lo que le hacía pasar mucho frío. "El mérito no siempre es reconocido como debiera", escribió el gran observador inglés. Messier murió en 1817, a los 87 años de edad. Caso todos los grandes astrónomos fueron longevos.

sábado, 26 de enero de 2008

La vida de Charles Messier III

En septiembre de 1760, cuando observaba la zona de Acuario -por donde había pasado el Halley- encontró otro cometa, éste de cabellera perfectamente redonda, que en noches sucesivas demostró seguir el mismo comportamiento -o falta de comportamiento- que el de dos años antes en Tauro: no se movía. Otra maldita nebulosa.

Por fin, en 1764, descubrió un hermoso cometa, luego famoso, que le llenó de orgullo; pero semanas más tarde -el 3 de mayo- encontró otra cabellera redondeada en Coma Berenices (M3), que le recordó la de Acuario, pues eran sumamente parecidas. Sospechó que no se trataba de un cometa, sino de otra nebulosa, y acertó. Fue entonces -y no antes, contra lo que se cree- cuando decidió hacer un catálogo de objetos nebulosos para evitar futuras confusiones: no sólo para su propio uso, sino para que otros colegas no perdieran el tiempo observando noche tras noche objetos fijos, es decir, objetos inútiles.

Es curioso. Messier inició la elaboración de su Catálogo en mayo de 1764, movido por su odio a las inoportunas "nebulosas", para evitar que nadie cayera en la trampa, y pudiera esquivarlas cuidadosamente; sin embargo, y como era un cazador nato, puso tal entusiasmo en la búsqueda de tales objetos, que acabó encariñándose con su nueva tarea. Primero anotó sólo "nebulosas que observadas al telescopio tenían aspecto de cometas"; luego, "nebulosas y cúmulos de estrellas, que pudieran, observadas con pequeños instrumentos, confundirse con cometas"; y por último, "cúmulos de estrellas que a simple vista pudieran ser tomados como cometas". El parecido con cometas acaba resultando casi un pretexto. Según Alan Mac Robert, Messier acabó incluyendo en su Catálogo a las Pléyades, porque cuando están próximas al horizonte pueden confundirse con un cuerpo difuso; pero el pretexto puede parecer ya un poco forzado. Sea lo que fuere, Messier se lanzó a la búsqueda de objetos difusos en el cielo, se parecieran o no a cometas.

Sin ser consciente de ello siquiera, dio un paso de gigante en la historia de la Astronomía. Hasta entonces, todo se reducía a Astronomía de posición: planetas, cometas, zodíaco, trayectorias, eclipses, efemérides, calendario, ajustes, anomalías. Desde aquel momento, la Astronomía consistía en la búsqueda y observación sistemática de objetos celestes fijos, su descripción y análisis. Inadvertidamente, había dado el primer paso en un nuevo campo de asombroso porvenir: la Astrofísica. El segundo paso lo dio poco despues William Herschel.

La vida de Charles Messier II

Messier comenzó a realizar sus dibujos en el Colegio de Francia, donde Delisle tenía su despacho y sus instrumentos. Como el jefe era ya un viejo un tanto excéntrico y poco trabajador, fue confiando poco a poco a su ayudante tareas de observación. Y fue entonces cuando Messier, hombre de excelente vista e ingenio despejado, su convirtió en un observador de primera. En 1755 fue empleado como ayudante de observación en el centro del Hotel de Cluny donde funcionaba entonces el Observatorio de Marina. Era la época en que los astrónomos esperaban ansiosamente el regreso del cometa de 1682, que Edmund Halley había previsto para 1758. Si las predicciones se cumplían, quedaría demostrado que los temidos cometas eran cuerpos celestes como otros cualesquiera, y se confirmaría de paso, definitivamente, la ley de Gravitación Universal de Newton. Se comprende que la principal actividad de entonces entre los astrónomos fuese buscar y descubrir cometas, para medir sus posiciones y calcular su órbita.

Messier observaba el cielo con más asiduidad que su maestro Delisle, y en agosto de 1758 descubrió un cometa, que muy pronto, por su trayectoria, demostró que nada tenía que ver con el Halley. Pero en la madrugada del 28 de agosto ocurrió algo inesperado: buscando "su" cometa, Messier descubrió otro, de bien desarrollada cabellera, entre Tauro y Gemini. Cuando en noches sucesivas tomó la posición del nuevo cometa, observó con asombro que no se movía. Al cabo de una semana concluyó que se trataba de una nebulosa, y se concentró exclusivamente en la observación del verdadero cometa, que se aproximaba al perihelio. El chasco quedó por entonces medio olvidado. Sin embargo, resultaría decisivo en la vida de Messier y en la historia de la Astronomía.

En cambio, el cometa más buscado, el Halley, no acudía a la cita. ¿Es que los cometas son simples apariciones arbitrarias, o los cálculos de Delisle, con los que necesarimente había de trabajar, estaban equivocados? Messier empezaba a sospechar más bien que lo segundo. Al fin, el cometa fue redescubierto, un poco inesperadamente por un granjero de Sajonia aficionado a la astronomía, de nombre Palizsch, por las navidades de 1758; pero la noticia, a causa de la guerra de los siete años, no fue conocida en Francia hasta dos meses después.
Sin embargo, en enero de 1759, Messier, que ya había decidido prescindir de la órbita deducida por Delisle y barría sistemáticamente zonas contiguas del cielo, encontró por fin el cometa: fue por tanto su codescubridor independiente. Pero Delisle, gotoso y atrabilario, molesto quizá por su humillación, le prohibió terminantemente que diera a conocer la noticia, para poder determinar cuanto antes su trayectoria y dar a conocer sus efemérides; pero no pudo lograr su propósito, porque el cometa se acercaba rápidamente al perihelio, y dejó pronto de ser observable. Entretanto, llegó la noticia del hallazgo de Palizsch, y tanto Delisle como Messier -por culpa del primero- perdieron su gloria. Incluso muchos no dieron fe al codescubrimiento de Messier. La manía de su viejo maestro llegó al punto de obligarle a guardar secreto sobre el hallazgo de dos cometas más, que Messier realizó en meses sucesivos.

En efecto, la noticia del Halley, que venía a confirmar espectacularmente una nueva y más científica visión de la Astronomía, levantó la veda, y se inició por todas partes una furiosa caza de cometas. Tras el retiro de Delisle, Messier quedó como astrónomo principal de la torre del Hotel de Cluny, y comenzó la asombrosa serie de sus descubrimientos.

La vida de Charles Messier I

Charles Messier nació en 1730 en Badouville, Lorena, hijo de una familia bien, pero que no tenía grandes medios económicos. Se quedó huérfano en 1751 y se fue a Paris a buscar fortuna. Como su mayor habilidad era el dibujo, buscó una forma de poder demostrar sus habilidades. Finalmente, por casualidad, fue contratado por el astrónomo real, Joseph Nicolas Delisle. La prueba que se le puso consistió en copiar un mapa de la Gran Muralla China, tarea que Messier realizó a la perfección. No es extraña la relación de la Astronomía con el dibujo, ya que por aquella época los mapas celestes debían ser trazados a mano (para luego copiarlos en planchas y grabarlos en la imprenta). Eran necesarias una gran precisión, una limpieza absoluta y facilidad para el trazado de toda clase de representaciones sobre un plano de proyecciones de líneas celestes: no sólo de coordenadas astronómicas, sino de trayectorias de cuerpos erráticos, como planetas y principalmente cometas.

La Astronomía de entonces, en plena Ilustración, era, ante todo, Astronomía de posición. Bode, Hevelius, Lalande, Flamsteed, Lacaille, el mismo Delisle, la habían llevado a su perfección. Era preciso calcular con la mayor exactitud posible la posición de un objeto en el cielo, y, si se movía entre las llamadas "estrellas fijas", calcular con suma exactitud sus movimientos, para determinar su órbita aparente y adelantar sus efemérides. Pero al mismo tiempo que esta absoluta precisión de puntos y líneas sobre el papel, se mantenía aún la costumbre clásica de superponer sobre el mapa de las constelaciones las figuras simbólicas o mitológicas que representaban. Para elaborar un mapa celeste había que ser un dibujante consumado. Hoy no comprenderíamos bien este prurito pictórico, que más contribuiría a desorientarnos que a otra cosa, pero entonces, cuando la Astronomía se encontraba en un decisivo momento de transición, la vieja costumbre era tan obligatoria como la precisión en las posiciones, y hasta parece que constituía una ayuda nemotécnica para recordar y referir mejor la posición de los objetos sobre el mapa. En el propio texto del Catálogo de Messier se da curiosamente esta duplicidad de informaciones posicionales: primero las coordenadas celestes exactas del objeto descubierto, hasta llegar nada menos que al segundo de tiempo en ascensión recta y el segundo de arco de declinación. Luego, por si esto no bastara, una alusión a la posición del mismo respecto de la intrincada maraña del zoo celeste. Así nos encontramos con indicaciones como:

M14: sobre el manto que pasa por encima del brazo derecho de Ofiuco.
M21: entre las dos patas delanteras de la Raposa.
M46: entre la cabeza del Can Mayor y las dos patas de atrás del Unicornio.

El método, como indicación locativa referida a un conjunto, puede parecernos curioso, pero no era en si anticientífico. Todavía hoy usamos (sobre todo, los aficionados) expresiones como "la cola de la Osa Mayor" o "el Cinturón de Orión" sin escándalo de nadie.

El hecho es importante, porque nos explica cómo Messier llegó a la Astronomía. Llegó por casualidad, y como dibujante. Otros venían a parar a ella como matemáticos, como geodestas o como marinos, y poseían una formación científica previa. Messier carecía de esa formación. Descubrió 21 cometas y redescubrió más de 50, pero, aunque podía representar su posición en el mapa y trazar con gran limpieza su trayectoria aparente, entregaba los datos a los calculistas para que determinaran su órbita y predijeron las efemérides. Esta falta de base fue un lastre para Messier, aunque se fue corrigiendo con el tiempo. No sabemos si a tal limitación se debe la imprecisión de algunas medidas de posición en su Catálogo, o sus frecuentes equivocaciones en el uso de los signos: muy probablemente son consecuencia de su natural despiste.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Charles Messier

El astrónomo francés Charles Messier creó a finales del siglo XVIII un catálogo con más de cien objetos que aún hoy siguen siendo el corazón de las observaciones de aficionado. Messier ubicó algunos de los mejores cúmulos, nebulosas y galaxias del cielo. La galaxia de Andrómeda, por ejemplo, se conoce como M 31.

Messier pretendía evitar el riesgo de confundir estos objetos con cometas, el verdadero objetivo de sus búsquedas. Hoy en día recordamos a Messier, más que por los cometas que descubrió, por aquel catálogo de objetos difusos que para él no eran sino estorbos.

A finales del siglo XIX, con el perfeccionamiento de los telescopios, la astronomía había suerado ya de sobra la lista rudimentaria de Messier y se conocían miles de objetos difusos. El astrónomo británico J. L. E. Dreyer compiló en 1888 la diversidad de listas existentes en un catálogo unificado, el New General Catalogue, o NGC. Junto con dos apéndices complementarios (los Index Catalogues, IC), el catálogo de Dreyer contiene más de 13.000 cúmulos, nebulosas y galaxias, muchos de ellos aptos para pequeños telescopios. Por ejemplo, M31 es también conocida como NGC 224.