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viernes, 26 de octubre de 2007

Eclipses de Luna

El Sol, la Tierra y la Luna se alinean en este orden, con la Tierra en medio, por lo menos dos veces cada año. En esa configuración, la Luna atraviesa la sombra de nuestro planeta y se produce un eclipse lunar.

Se habla de un eclipse penumbral cuando la Luna llega a atravesar tan sólo las regiones más externas de la sombra terrestre, de manera que apenas se oscurece, y lo hace tan poco que cuesta percibir que está sucediendo un eclipse. Si la Luna se limita a rozar la región central oscura de la sombra terrestre, la umbra, entonces sucede un eclipse parcial y a la brillante Luna llena parece faltarle un mordisco.

Cada 17 meses, de promedio, la Luna llena se zumbulle por completo en la umbra de nuestro planeta. La única luz solar que alcanza la Luna durante la fase de totalidad es un resplandor rojizo que se filtra a través de la atmósfera terrestre. Durante unas dos horas, la Luna llena eclipsada se torna de un rojo intenso. Los eclipses lunares son visibles desde todo el hemisferio terrestre que mira hacia la Luna, lo cual permite a la mitad del planeta asistir al espectáculo.

La observación a simple vista resulta muy sencilla, y el empleo de un telescopio o prismáticos permite seguir el borde de la sombra a medida que cubre los cráteres. También se puede colocar un cámara sobre un trípode y retratar el paisaje bajo la luz de una Luna rojiza y misteriosa. Algunos fotógrafos acoplan la cámara a un telescopio que sigue las estrellas y efectúan exposiciones múltiples. Así se capta la Luna a medida que cruza la sombra terrestre.

martes, 23 de octubre de 2007

Eclipses de Sol

Al menos cuatro veces al año se produce un eclipse visible desde algún lugar de la Tierra, bien al interponerse la Luna entre el Sol y nosotros, o bien al situarse nuestro planeta entr el Sol y la Luna.

Una de las mayores coincidencias de la naturaleza consiste en que el Sol tiene 400 veces el tamaño de la Luna, pero se encuentra 400 veces más lejos. En consecuencia, ambos objetos muestran el mismo tamaño aparente en el cielo y eso permite que la Luna cubra justamente el disco del Sol durante los eclipses totales.

Todos los meses, cuando pasa por la fase nueva, la Luna cruza entre la Tierra y el Sol. La inclinación de la órbita lunar hace que casi siempre pase un poco por encima o por debajo del disco solar, de manera que nuestro satélite no llega a eclipsar el Sol. Pero hay al menos dos temporadas cada año en las que la órbita inclinada de la Luna cruza la posición en la que se halla el Sol a la vez que nuestro satélite alcanza la fase nueva. Los tres cuerpos quedan alineados, con la Luna en medio, y se produce un eclipse de Sol.

El eclipse puede ser parcial si la Luna cubre solamente una porción de Sol. Otra posibilidad consiste en que se produzca un eclipse anular: si la Luna se halla en el punto más distante de su órbita elíptica, su disco no alcanzará el tamaño necesario para cubrir todo el Sol, que sobresaldrá como un anillo de luz alrededor del disco lunar.
Los eclipses más espectaculares ocurren cuando la Luna llega a cubrir por completo el disco brillante del Sol. La umbra de la sombra lunar, que normalmente no mide más de 240 km, se proyecta sobre la Tierra y barre el planeta a lo largo de un camino que mide varios miles de kilómetros. Las personas que se encuentran dentro de esa trayectoria presencian un eclipse total, un suceso sobrecogedor pero que dura tan sólo unos minutos.

De promedio, los eclipses solares totales se producen una vez cada 19 meses.

La observación de eclipses solares se parece bastante a la observación normal del Sol. Durante un eclipse parcial (o en las fases parciales de un eclipse total) hay que usar un filtro o una pantalla de proyección para proteger tanto los ojos como el telescopio. Así puede verse el limbo lunar a medida que avanza sobre el Sol y se va tragando las manchas. Hay que resistir la tentación de mirar hacia el Sol con los ojos desprotegidos cuando disminuye la iluminación. Si un eclipse es total, sólo pueden retirarse los filtros y observar con seguridad cuando el Sol esté cubierto del todo.

Cuando comienza la fase total, los últimos rayos del Sol se cuelan por los valles del limbo lunar y provocan un fenómeno conocido como perlas de Baily. El disco lunar queda rodeado por un halo tenue de luz perlada, la corona, la atmósfera exterior del Sol, extremadamente caliente pero demasiado débil para observarla si no es durante un eclipse total. Los telescopios muestran además las protuberancias que sobresalen tras el disco lunar. La totalidad termina con una explosión brusca de luz, así que hay que tener el filtro solar a mano.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Astronomía antigua I

La historia de la astronomía se remonta a la observación del cielo de nuestros antepasados hace 30.000 años, en la era glacial. Vivían de la caza y la recolección, y seguían las estrellas como a una presa. Ya predecían los cambios estacionales gracias a los cambios en el cielo.
En Europa se han encontrado calendarios lunares tallados en hueso hace más de 30.000 años. Al tener un contacto más estrecho con la naturaleza, nuestros antepasados percibían el camino diario del Sol y el paso de las estaciones.
Con la aparición de las primeras civilización hace unos 10.000 años en Mesopotamia, la observación del cielo recibió un gran impulso. Como los cultivos se rigen por las estaciones, el conocimiento de los ritmos celestes adquiere más importancia como medio para conocer las épocas idóneas para la siembra y la cosecha.
Las constelaciones más antiguas que han llegado hasta hoy pueden datar de aquellos tiempo. Las figuras de Leo, Tauro y Escorpio empezaron a mencionarse en incripciones mesopotámicas del tercer milenio antes de Cristo y señalaban puntos significativos en el recorrido anual del Sol por el cielo: la posición en que salía y se ponía al este y al oeste, además de las posiciones extremas al norte en verano y al sur en invierno que constituían momentos cruciales en el año agrícola.
Percibían también que el Sol y la Luna parece que se desplazan atravesando doce constelaciones destacadas, que más tarde recibirían el nombre de zodiaco. Decidieron que esa fuera la morada de las deidades solar y lunar. Había también otras cinco estrellas "especiales" que recorrían el zodiaco, y cada una se consideró la residencia de un dios. Hoy sabemos que se trataba de los planetas.
El zodiaco era también el lugar donde ocurrían los eclipses, sucesos poco frecuentes y muy temidos en los que la Luna se tornaba de un siniestro color cobre, o la luz del Sol se extinguía por un tiempo que se antojaría eterno para los observadores.